Consejo
Pequeño puñado de encarnados latidos
porqué insistes en hacer sonar tu timbal secreto
tu ronco murmullo desafiando perenne escarcha
sabiendo que el eco de lo despreciado contestará la llamada
abofetea tu tiznada faz llena de lágrimas antiguas
de golpearse tercamente contra lo imposible.
Cesa ya tu brincar en la madrugada fría y solitaria
en la espera constante de cálidos despertares
ese nervioso pestañear tras el horizonte brumoso,
dejando que el rocío pese en los párpados fatigados
dibuje los anhelos perdidos hechos agua en la cara
al llenarse de realidad las húmedas pupilas.
No malgastes más tu oculta energía
no queriendo ver el destino ya tan sabido
profecías tan ciertas que castigan la cordura
aflicciones que ahogan en serie los sueños
tu maldición se enraiza con un beso dolorido
al tenue vaho que despiden tus callados lamentos.
No notas que tus intentos irrisorios se tornan
coronados del fracaso que los sigue en sutil sombra
nubes de compasión se deslizan a lo alto de tu frente
se erosiona la piel y sangra una mansa tristeza,
escurriéndose en una suave marejada invisible
decanta y extiende su manto negro la amargura.
Deja las ilusiones para quienes puedan lograrlas
y asume que tu granizo es más eterno hielo
que existe un destino en singular para tus palpitares
un espacio que deja sólo la minúscula llama de tu vida
ondulando temblores en oscuridades olvidadas
arrastrando la condena de una mirada desolada.
(C) 2006 Patricia Riquelme M. - Todos los Derechos Reservados - Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización.
